lunes, 11 de julio de 2016

BENGALAS de Enrique Decarli



Por, Alejandra Zina



Sobre Bengalas


Soy una lectora compulsiva de cuentos, me gusta agarrar un libro y leer uno por día hasta terminarlo, metódicamente, como una dieta o un rezo. Tengo un lugar que es la cocina de mi casa, ahí estoy sola, y mientras desayuno leo. Mi día desde hace varios años arranca así. Nunca lo reflexioné pero debe ser que la lectura amortigua un poco la vigilia, como un despertar en etapas. Leyendo sigo en un estado de suspensión, de realidad paralela, mientras todo alrededor hace ruido, se mueve y produce para subsistir.
Ese estado de suspensión potenciaba todavía más los climas que me fui encontrando en el libro de Enrique. Mientras leía los cuentos de Bengalas, me acordé de algunas cosas. Leer siempre es acordarse de algo.
na de las primeras veces que visité Casanova, íbamos en la vieja camioneta de mi suegro que nos había pasado a buscar por la estación de Morón, y en una esquina apareció uno de la Bonaerense haciendo dedo. Mi suegro frenó, le preguntó para dónde iba y lo levantó. Es Navidad, dijo él para excusarse, pero igual generó una tensión familiar sobre hacer o no hacer esa clase de cosas. Que es una tensión más profunda en relación al poder y a lo que significa la policía en esos barrios. Con un episodio similar empieza “Vía Láctea”, un cuento bellísimo que para mí es el clímax del libro. Pero Enrique esquiva lo siniestro y apuesta al relato de aventura.
Un padre viajante de comercio decide llevar a su hijo adolescente a uno de sus viajes de trabajo. Yendo para San Luis los para la caminera y el mismo policía que los aborda, les pide “la gauchada” de que lo acerquen hasta Mercedes. El padre desvía su ruta y en ese desvío empieza la aventura, que es un viaje de iniciación y de despedida.
Otros cuentos del libro me hicieron acordar a los relatos más oníricos de Mario Levrero, donde todo puede suceder, donde los paisajes cotidianos dejan de serlo, donde las personas conocidas se vuelven perfectos desconocidos, como ocurre en “Reencuentro”.
Enrique trabaja sobre la premisa de lo literal. El cuento que acabo de mencionar hace literal una expresión muy común que usamos cuando volvemos a ver alguien después de mucho tiempo: estás tan cambiado que parecés otro. Y parece otro. Y es otro. No hay metáfora ni símbolo ni alegoría, sino otra realidad.
En este país paralelo un hombre se achica hasta desaparecer (como en la famosa historia de Richard Matheson, El increíble hombre menguante); todos los funcionarios renuncian en masa sin dar ninguna explicación; un jinete enmascarado cruza a caballo la plaza del pueblo; una sociedad de linyeras mutantes vive en los pasillos y andenes del subte.
Casi todas las historias del libro se alimentan, voluntaria o involuntariamente, de esa fuente maravillosa que es el fantástico rioplatense, agregándole algunos trazos de humor o de absurdo. Sin tapar la voz de Enrique se escucha Fontanarrosa, Laiseca, Felisberto, Maslíah, como un coro de maestros irreverentes.
Es inevitable. Apenas nos metemos adentro del agua, adentro de la escritura, aparecen esas algas que son las influencias que se enredan en el pie sin que las busquemos.
A esta tradición de narrativa dislocada se suman los cuentos de Bengalas. Me gusta lo que dice el narrador de “Un destello de oro blanco”: Abajo del agua el mundo es otro. Me gusta porque ese es el hueso del cuento fantástico. Lo extraordinario que irrumpe, luego desaparece, y deja una sensación de nostalgia.


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